Oviedo

18 de julio de 1936: cómo el coronel Aranda se hizo con el control de Oviedo para el bando nacional

El 18 de julio de 1936, el jefe militar de Oviedo era el coronel Antonio Aranda Mata. Oficial profesional del Ejército, nacido en 1888, Aranda había hecho carrera en África, donde adquirió experiencia en operaciones de guerra y en el mando de tropas, y había ocupado posteriormente destinos de Estado Mayor. No era un militar sin experiencia en el combate ni ajeno a la realidad asturiana: conocía bien la fuerza del movimiento obrero y el peso de las milicias mineras en la región.

Cuando estalló el alzamiento, Aranda ya estaba comprometido con la conspiración militar, aunque hasta ese mismo día había mantenido públicamente una actitud de lealtad al Gobierno republicano. Esa doble posición fue decisiva. Le permitió conservar el mando, evitar recelos por parte de las autoridades civiles y actuar con libertad en los días previos al golpe.

general aranda oviedo

El coronel Aranda es la persona que se encuentra en el centro de la foto

La estratagema previa: alejar a los mineros

Antes del 18 de julio, varios centenares de mineros armados se encontraban en Oviedo como fuerza de apoyo al poder civil republicano. Eran un obstáculo para cualquier intento de sublevación. Consciente de ello, Aranda urdió una maniobra clave: ordenó su salida de la ciudad bajo el pretexto de sofocar una supuesta sublevación militar en la provincia de León.

La orden se dio cuando el golpe aún no se había hecho público, precisamente para que fuera obedecida sin resistencia. Esa sublevación en León no existía o no justificaba el envío de una fuerza de ese tamaño. El efecto fue inmediato: Oviedo quedó sin la principal fuerza armada obrera justo antes del momento decisivo.

El golpe se había iniciado el 17 de julio en Marruecos. En la mañana del 18 de julio, las noticias llegaron a Oviedo por radio, telégrafo y comunicaciones militares. Desde primeras horas se sabía que la sublevación se estaba extendiendo por la Península. Aun así, durante la mañana no se produjeron enfrentamientos ni movimientos visibles de tropas en la ciudad. Aranda mantuvo deliberadamente una apariencia de normalidad.

El 18 de julio: toma de la ciudad

Fue a lo largo del mediodía y primeras horas de la tarde cuando Aranda actuó abiertamente. Proclamó el estado de guerra y ordenó la ocupación de los puntos estratégicos: cuarteles, Gobierno Civil, Ayuntamiento, central telefónica y dependencias de Correos y Telégrafos. No hubo combates relevantes. La resistencia fue mínima y desorganizada, en gran parte porque las milicias mineras ya no estaban en Oviedo.

Al finalizar el 18 de julio de 1936, la capital asturiana estaba firmemente bajo control de los sublevados. La insurrección no fue el resultado de un choque armado, sino de una toma del poder planificada, preparada en los días previos mediante el alejamiento de cualquier fuerza capaz de oponerse.

Mientras Oviedo quedaba en manos insurgentes, el resto de Asturias —especialmente las cuencas mineras— permaneció fiel a la República. La ciudad se convirtió así en un enclave sublevado rodeado de territorio republicano. A comienzos de agosto de 1936 se inició el cerco de Oviedo, que se prolongaría durante más de un año.

Durante el asedio, la ciudad sufrió bombardeos continuos, graves daños urbanos y una durísima escasez de alimentos y medicamentos. La Catedral de San Salvador resultó seriamente dañada. El cerco no se rompería hasta octubre de 1937, con la caída de Asturias tras la ofensiva franquista en el norte.

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