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La caída de Barcelona: El colapso definitivo del frente catalán

La toma de Barcelona el 26 de enero de 1939 no fue solo el final de una campaña militar; fue el colapso del orden político que había gobernado la ciudad durante la Guerra Civil. Tras la ruptura definitiva del frente tras la batalla del Ebro, la capital catalana se entregó sin resistencia armada a las tropas del general Franco, marcando el inicio de una nueva etapa histórica.

El avance de las columnas y la ocupación estratégica

El peso operativo de la entrada en la ciudad recayó en unidades experimentadas y bien coordinadas. El Cuerpo de Ejército Marroquí, bajo el mando del general Juan Yagüe, y el Cuerpo de Ejército de Navarra, liderado por el general José Solchaga, fueron los encargados de ejecutar la maniobra final. Estas fuerzas, apoyadas por las divisiones del Cuerpo de Tropas Voluntarias (CTV) italiano, encontraron las defensas republicanas prácticamente desarticuladas.

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Las primeras unidades penetraron en el casco urbano durante la tarde del 26 de enero: las fuerzas de Yagüe ascendieron desde el sur por la montaña de Montjuïc, tomando el castillo y el puerto, mientras que las columnas de Solchaga descendieron por la avenida de la Diagonal y Vallvidrera. Ambas confluyeron en el corazón de la urbe, ocupando sin necesidad de combate la Plaza de Cataluña y la Plaza de Sant Jaume, sedes del poder político que ya habían sido evacuadas días antes por los dirigentes republicanos y de la Generalitat.

El júbilo en las calles y el fin de la represión

El recibimiento por parte de la población civil fue mayoritariamente de alegría y un profundo sentido de liberación. A medida que los soldados avanzaban por las arterias principales, miles de barceloneses salieron a las calles para vitorear a las tropas con flores y banderas, realizando el saludo falangista en un ambiente de celebración pública que contrastaba con el silencio de los días previos.

Para una parte muy significativa de la ciudadanía, la entrada de los nacionales representaba mucho más que una victoria militar: era el fin de la pesadilla de las checas, la desaparición de las patrullas de control y el cese de la represión política ejercida por los comités comunistas y anarquistas desde 1936. El entusiasmo en las vías públicas respondía al alivio de ver el fin del hambre y de los bombardeos, pero sobre todo a la sensación de seguridad recuperada frente al terror interno que había marcado la vida en la retaguardia republicana. Con la toma de Radio Barcelona y la emisión de los primeros partes de victoria, la ciudad cerraba un capítulo de violencia revolucionaria para integrarse plenamente en el nuevo Estado.

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