ascensión de san josé de calasanz lloret marco fusilada por su fe

Ascensión de San José de Calasanz Lloret Marco, fusilada por su fe el 7 de septiembre de 1936

El 7 de septiembre de 1936, en plena persecución religiosa desatada en la zona republicana tras el estallido de la Guerra Civil, era fusilada en Gandía (Valencia) sor Ascensión de San José de Calasanz Lloret Marco, religiosa de las Hermanas Carmelitas de la Caridad (Vedruna), junto a su hermano Salvador, sacerdote escolapio. Tenía 57 años.

Había nacido en Gandía el 21 de mayo de 1879. El 6 de diciembre de 1898 ingresó en el noviciado de Vic, dando inicio a una vida religiosa dedicada a la enseñanza. A lo largo de las décadas siguientes fue destinada a distintos colegios de su congregación: primero a Castellón, después al colegio del Sagrado Corazón en Valencia y, desde 1916, al de Benejama (Alicante). Quienes la conocieron la describieron como una mujer observante, discreta hasta el extremo de buscar siempre «el sitio más escondido», y de una caridad constante hacia quienes la rodeaban.

De Benejama a Gandía: los últimos meses

El estallido de la revolución tras el golpe de Estado del 18 de julio de 1936 obligó a la comunidad religiosa de Benejama a abandonar el colegio donde, hasta entonces, tantas niñas habían recibido clases gratuitas. El 28 de julio de 1936, sor Ascensión se trasladó junto a sus compañeras de comunidad a Gandía, su ciudad natal, buscando refugio.

Apenas unas semanas después, el 7 de septiembre, mientras se encontraba en su domicilio junto a su hermano Salvador, también religioso escolapio, se presentaron seis milicianos armados. Ambos hermanos fueron detenidos y fusilados ese mismo día, sin que las fuentes conserven con precisión el lugar ni la hora exactos de la ejecución.

Beatificación y memoria

Su figura quedó integrada en el amplio proceso de beatificación de los mártires de la persecución religiosa en la diócesis de Valencia durante la Guerra Civil. El 11 de marzo de 2001, el papa Juan Pablo II la beatificó en Roma junto a otros 232 mártires de aquella diócesis —entre ellos sacerdotes, religiosos y laicos asesinados entre 1936 y 1939—, dentro de un proceso que reconoció el martirio «en odio a la fe» de cientos de víctimas de la represión anticlerical en la retaguardia republicana. El santoral católico recuerda su memoria cada 7 de septiembre.

Su caso, como el de tantos otros religiosos, maestros y laicos católicos asesinados por su condición o sus creencias en esos mismos meses, forma parte de la otra cara de la violencia de retaguardia de 1936: la desatada contra la Iglesia en la zona controlada por la República, en paralelo a la represión política ejercida por el bando sublevado sobre alcaldes, maestros y cargos públicos republicanos, como en el caso de María Domínguez Remón, asesinada ese mismo día en el bando opuesto.

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