Toma de irún

La caída de Irún: la frontera occidental se cierra para la República

El 5 de septiembre de 1936, tras casi un mes de asedio, las columnas sublevadas al mando del teniente coronel Alfonso Beorlegui entraron en Irún, culminando la llamada campaña de Guipúzcoa dirigida por el general Emilio Mola. La ciudad, situada sobre el puente internacional del Bidasoa, era el paso terrestre clave que unía al reducto republicano del norte con Francia, y su pérdida cerró el acceso fronterizo por el sector occidental, dejando aislado por tierra de Francia al territorio republicano de Vizcaya, Santander y Asturias.

El ataque final llegó tras semanas de bombardeos navales y aéreos. El 11 de agosto, una flota compuesta por el acorazado España, el crucero Almirante Cervera y el destructor Velasco castigó duramente la ciudad, mientras aviones alemanes e italianos lanzaban panfletos amenazando con repetir lo ocurrido en Badajoz. El fuerte de San Marcial, defendido por mineros asturianos y milicianos anarquistas, resistió cuerpo a cuerpo hasta el 2 de septiembre, fecha que los historiadores consideran decisiva para la suerte de la ciudad. El propio Beorlegui, que dirigía columnas de requetés en su avance, resultó herido de muerte por un disparo procedente del lado francés del Bidasoa durante los últimos combates, y falleció semanas después.

El incendio de Irún: un episodio aún debatido

El hecho más recordado de aquellos días es la destrucción casi total del casco urbano por el fuego antes de la entrada de las columnas sublevadas. La autoría del incendio sigue siendo objeto de controversia historiográfica: la versión más extendida, recogida en monografías locales como la de Izquierdo (1970) o la de Puche (2001, respaldada por el propio Ayuntamiento de Irún), sostiene que fueron milicianos republicanos —señalándose con frecuencia a sectores anarquistas y de la CNT— quienes prendieron fuego a la ciudad antes de retirarse hacia Francia, para evitar que cayera intacta en manos del bando sublevado. Fuentes del propio bando sublevado atribuyeron entonces el incendio a una supuesta táctica de «tierra calcinada» de inspiración soviética. Historiadores actuales señalan, no obstante, que este extremo nunca se ha podido confirmar de manera concluyente.

La consecuencia inmediata fue un éxodo masivo. Solo entre el 30 de agosto y el 1 de septiembre, más de 2.700 personas habían cruzado ya la muga a pie huyendo del conflicto; tras el incendio, en Fuenterrabía se decidió la evacuación de en torno a 1.200 vecinos más, la mayoría atravesando el Bidasoa en todo tipo de embarcaciones hacia Hendaya. Testimonios gráficos de la época recogen la llegada de niños, mujeres y ancianos a la orilla francesa, contemplando desde allí las humaredas del incendio, mientras milicianos gubernamentales eran desarmados por la gendarmería francesa en Behobia. Irún fue así la primera ciudad española en experimentar un exilio masivo tras el estallido de la guerra.

Consecuencias militares y memoria

La caída de Irún, consumada formalmente el 6 de septiembre con la entrada de las tropas sublevadas en la ciudad, tuvo un efecto en cascada inmediato: San Sebastián, sin defensas naturales que oponer, cayó apenas una semana después, el 13 de septiembre. Para el general Mola, la operación cumplía un objetivo estratégico muy concreto: cortar por ese corredor el suministro exterior de la zona norte y trasladar más adelante la flota sublevada al Cantábrico. Es importante no confundir este cierre sectorial con un bloqueo total de la frontera hispanofrancesa: el resto de la línea fronteriza, en particular el tramo catalán, siguió bajo control republicano y operativo como vía de suministros y de paso de refugiados durante buena parte de la guerra, hasta prácticamente su fase final en 1939.

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