En la carretera que une Majadahonda con Boadilla del Monte, apartado del tráfico y accesible solo por un camino de tierra, se levanta un monumento de piedra poco corriente. Grabados en él aparecen dos nombres extranjeros (Ion Mota y Vasile Marín) y una inscripción que reza que ambos «cayeron por Dios, España y Rumanía» el 13 de enero de 1937. Pocos madrileños conocen la historia que se esconde detrás de esta cruz, erigida en memoria de dos voluntarios rumanos caídos en plena Guerra Civil española.
De Bucarest al Alcázar: una expedición de propaganda que acabó en el frente
Ion Moța y Vasile Marín no llegaron a España como simples voluntarios anónimos. Ambos eran dirigentes de la Guardia de Hierro (Legión del Arcángel San Miguel), el movimiento nacionalista rumano liderado por Corneliu Zelea Codreanu. Moța, nacido en Transilvania en 1902, era abogado formado en París, Cluj, Iași y Grenoble, y uno de los fundadores e ideólogos del movimiento. Marín, nacido en Bucarest en 1904, era también abogado y dirigente legionario en la capital rumana; años antes había cumplido condena por su implicación en el asesinato del primer ministro Ion Duca.
A finales de noviembre de 1936, ambos encabezaron una delegación de ocho rumanos —entre ellos un general, un sacerdote ortodoxo y un príncipe de la aristocracia local— que viajó a España pasando por Portugal. Su misión inicial era propagandística: entregar al general Moscardó un sable de honor en homenaje a la defensa del Alcázar de Toledo, gesto que en Rumanía había calado hondo entre la extrema derecha nacionalista. Tras visitar Salamanca, Soria y Toledo, y ser recibidos con honores por las autoridades franquistas, los miembros más jóvenes de la expedición decidieron alistarse como voluntarios.
Integrados en la 21ª Compañía del Tercio de Yagüe, los rumanos entraron en combate a mediados de diciembre de 1936. Participaron en las acciones de Boadilla del Monte, en la ofensiva sobre Las Rozas y en la lucha por el control de la carretera de La Coruña, hasta llegar al llamado Cerro de la Radio de Majadahonda, denominado así por albergar la sede de la emisora Radio Madrid-Argentina.
El obús del 13 de enero y el homenaje que llega hasta hoy
El 13 de enero de 1937, en plena ofensiva republicana para recuperar Majadahonda, un proyectil de artillería impactó directamente en la posición del Cerro de la Radio, matando a Moța y Marín e hiriendo a otros combatientes. La ofensiva republicana sobre esa posición fracasó, pero para la expedición rumana la guerra había terminado: informado de las muertes, Codreanu ordenó la repatriación de toda la delegación, viva o muerta.
Los cuerpos, trasladados primero al Hospital Militar de Toledo, cruzaron después Francia y Alemania —donde fueron recibidos por unidades del régimen nazi— antes de llegar a Bucarest. Allí, el 13 de febrero de 1937, se celebraron funerales de gran magnitud, con procesiones por distintas ciudades rumanas y la asistencia de representantes de la Italia fascista, la Alemania nazi y la España de Franco. El episodio fue explotado como herramienta propagandística por la Guardia de Hierro en pleno ascenso político.
En 1948 se erigió en Majadahonda el monumento que hoy sigue en pie, en terreno privado, circunstancia que ha condicionado los intentos de retirarlo pese a las sucesivas leyes de memoria histórica y democrática. Con el paso de las décadas se ha convertido en punto de reunión ocasional de grupos de simpatía franquista y de un sector de la comunidad ortodoxa rumana en Madrid, que celebran allí actos de homenaje cada mes de enero.
Una polémica que se reaviva cada año
En los últimos años, formaciones como Más Madrid e Izquierda Unida han denunciado públicamente la celebración de estos homenajes y han reclamado la retirada del monumento, al considerar que su inscripción y su uso como lugar de peregrinación ultra son incompatibles con la Ley de Memoria Democrática de 2022. El hecho de que la cruz se ubique en una finca de titularidad privada ha sido, hasta ahora, el principal obstáculo legal esgrimido para no actuar de oficio contra ella, a diferencia de otros símbolos franquistas situados en vía o suelo público que sí han sido retirados en aplicación de la norma.
Los promotores de estos actos anuales, por su parte, reivindican el monumento como homenaje a la memoria de dos combatientes extranjeros caídos en España y rechazan que deba equipararse a la simbología franquista contemplada en la ley. El debate sobre su futuro permanece abierto, y cada mes de enero, coincidiendo con el aniversario de la muerte de Moța y Marín, la controversia vuelve a la actualidad local y nacional.

