Tras la caída de Bilbao el 19 de junio de 1937, el bando sublevado dirigió toda su maquinaria de guerra hacia el siguiente objetivo del Frente Norte: la provincia de Santander. El plan tuvo que esperar unas semanas, porque la ofensiva republicana de Brunete obligó a Franco a distraer tropas hacia Madrid. Pero en cuanto Brunete se apagó a finales de julio, las divisiones que habían combatido allí regresaron al norte, y el 14 de agosto de 1937 la maquinaria volvió a ponerse en marcha sobre La Montaña.
Contra lo que suele repetirse, no fue una campaña de aplastante superioridad numérica. El Ejército del Norte franquista, al mando del general Fidel Dávila —que había asumido el cargo tras la muerte accidental de Emilio Mola—, reunía unos 90.000 hombres, de los cuales 25.000 eran italianos del Corpo Truppe Volontarie, encuadrados en las divisiones Littorio, Llamas Negras y XXIII de Marzo bajo el mando del general Ettore Bastico. A ellos se sumaban las Brigadas Navarras de José Solchaga y el apoyo aéreo, con unos 70 aparatos alemanes de la Legión Cóndor, 80 italianos y otros 70 españoles.
Frente a ellos, la defensa de Cantabria recayó en cuatro cuerpos de ejército republicanos que sumaban en torno a 80.000 hombres: el XIV, formado por los restos del Ejército Vasco (Euzko Gudarostea); el XV, mayoritariamente cántabro; y los cuerpos XVI y XVII, ambos asturianos. Es decir, la diferencia de efectivos entre ambos bandos era mucho menor de lo que la propaganda de la época —y buena parte de la historiografía posterior— ha dado a entender. El verdadero desequilibrio no estaba en el número de soldados, sino en todo lo demás: artillería, aviación, munición y, sobre todo, mando único. Mientras Dávila dirigía un ejército compacto y bien coordinado, los cuatro cuerpos republicanos respondían más a sus propias jefaturas territoriales —vascas, cántabras, asturianas— que a una estrategia conjunta, un problema que arrastraba el Frente Norte desde el principio de la guerra.
El derrumbe de un frente sin mando único
El avance franquista fue, en efecto, extraordinariamente rápido. En apenas doce días, todo el frente montañés se desplomó. Las Brigadas Navarras rompieron las líneas del sur, mientras el CTV italiano abría una segunda brecha hacia El Escudo, copando a varios miles de soldados republicanos en su avance. Para el 25 de agosto, las tropas sublevadas ya estaban a las puertas de Santander.
Ese mismo derrumbe militar precipitó una crisis política que llevaba meses gestándose. El 24 de agosto de 1937, representantes del Partido Nacionalista Vasco negociaron en la localidad de Guriezo, cerca de Santoña, un acuerdo con los mandos del Corpo Truppe Volontarie italiano: lo que ha pasado a la historia como el Pacto de Santoña. Los batallones del Ejército Vasco entregarían las armas a cambio de que Italia los tratara como prisioneros de guerra bajo su custodia —y no bajo la de Franco— y de que se permitiera evacuar por mar a dirigentes políticos y oficiales hacia Francia. El pacto se firmó al margen del Gobierno de la República, y muchos lo interpretaron entonces, y lo siguen interpretando hoy, como una rendición separada que dejó al resto de las fuerzas republicanas —cántabras y asturianas— completamente solas frente al avance enemigo.
El general Mariano Gamir Ulibarri, jefe del Ejército del Norte, descubrió las negociaciones cuando ya era demasiado tarde para impedirlas. El día 25 de agosto abandonó Santander junto a parte de su Estado Mayor y el asesor soviético Vladimir Gorev, embarcado en un submarino rumbo a Asturias. No se trató de una simple huida: Gamir estableció un nuevo cuartel general en Ribadesella y ordenó organizar una línea defensiva en el río Deva con los restos de las tropas que aún resistían. Pero el mensaje que quedó en Santander era inequívoco: la capital había sido abandonada a su suerte, y quienes seguían allí solo podían esperar la entrada del enemigo o intentar huir por mar.
La entrada en Santander
A las ocho de la mañana del 26 de agosto de 1937, las tropas de la IV Brigada de Navarra y de la División Littorio italiana avanzaron hacia la capital cántabra. Hacia el mediodía entraron en la ciudad, recibidas por una población mayoritariamente conservadora que, tras meses de bombardeos, hambre y desabastecimiento, salió a la calle a aclamarlas. No fue, como en tantas otras plazas de la guerra, una conquista a sangre y fuego: el periodista italiano Indro Montanelli, que cubría el conflicto para el diario Il Messaggero, escribió que Santander no cayó por una batalla, sino que su resistencia se desmoronó porque los defensores llevaban meses pasando hambre.
El precio de esa rendición, sin embargo, fue alto. Las tropas franquistas hicieron unos 17.000 prisioneros solo en la capital, muchos de los cuales fueron fusilados de inmediato. En el conjunto de toda la campaña de Cantabria, la cifra de republicanos capturados ascendió a unos 60.000, una de las mayores capitulaciones en masa de toda la guerra civil.

Lo que vino después
La caída de Santander dejó a Asturias como último reducto republicano en el norte de España, aislada y sin posibilidad real de recibir ayuda exterior. Para Franco supuso, además, hacerse con el control de los puertos cantábricos y de una región con importantes recursos mineros e industriales, un golpe que aceleraría el final del Frente Norte apenas dos meses después, con la caída de Gijón.
En cuanto al Pacto de Santoña, su desenlace confirmó los peores temores de quienes lo denunciaron como una traición: Franco no reconoció el acuerdo alcanzado con los italianos, y a comienzos de septiembre exigió la entrega de los prisioneros vascos custodiados en el penal de El Dueso. Muchos de ellos acabarían ante consejos de guerra sumarísimos; los primeros fusilamientos llegarían ya en octubre de 1937.
El 26 de agosto quedó así grabado en la memoria de Cantabria con dos lecturas irreconciliables: para unos, el día de la liberación tras meses de asedio y penurias; para otros, el comienzo de una represión que marcaría a toda una generación.


