La caída de Badajoz en manos de las tropas sublevadas, el 14 de agosto de 1936, constituyó uno de los episodios más determinantes de las primeras semanas de la Guerra Civil española, tanto por su valor estratégico como por la represión que siguió a la ocupación de la ciudad, uno de los capítulos más controvertidos y peor documentados del conflicto.
El avance militar sobre la ciudad
Tras sublevarse en Ceuta el 17 de julio, Juan Yagüe asumió el mando de la Legión y cruzó a la Península para incorporarse a las columnas que, bajo órdenes de Franco, avanzaban desde Sevilla hacia Madrid. El 2 de agosto, Franco ordenó el envío hacia el norte de una columna al mando del teniente coronel Carlos Asensio, formada por dos batallones de la Legión y dos tabores de Regulares. El 10 de agosto esta fuerza ocupó Mérida, uniendo los ejércitos sublevados del norte y del sur de la Península, uno de los objetivos militares prioritarios del bando rebelde.
Desde Mérida, Yagüe marchó sobre Badajoz con unos 2.250 legionarios, 750 regulares marroquíes y cinco baterías de artillería. La ciudad, antigua plaza fortificada cuyas murallas conservaban aún buena parte de su trazado pese a las demoliciones parciales de años anteriores, estaba defendida por el coronel Puigdengolas al frente de una fuerza miliciana cuyo número las fuentes sitúan entre 2.000 y 6.000 hombres, de armamento y preparación muy desigual. El cerco se completó el 13 de agosto y, al amanecer del día siguiente, la artillería sublevada abrió fuego contra las murallas, abriendo brechas que permitieron el asalto por la tarde.
Los combates se libraron calle por calle y casa por casa, con dura resistencia en puntos como el Cuartel de la Bomba, la Casa de Correos y la denominada «Casa de los catalanes», donde una compañía legionaria sufrió numerosas bajas. Hacia el final de la tarde, las tropas sublevadas habían tomado el centro de la ciudad, incluyendo la Plaza de España, y controlaban Badajoz al caer la noche.

La represión posterior y la plaza de toros
A la toma militar de la ciudad siguió una represión de gran intensidad contra los combatientes republicanos capturados y contra parte de la población civil. La plaza de toros de Badajoz, hoy desaparecida, fue utilizada como centro de reclusión de más de 1.200 prisioneros y como escenario de ejecuciones masivas mediante ametrallamiento, un hecho respaldado por corresponsales que se encontraban físicamente en la ciudad, entre ellos el portugués Mario Neves, del Diário de Lisboa, y el francés Jacques Berthet, de Le Temps. Neves llegó a entrevistar al propio Yagüe, que no desmintió la cifra de unos 2.000 fusilados que ya circulaba el 15 de agosto.
Distinto es el caso del relato más difundido y más gráfico del episodio, el del periodista estadounidense Jay Allen, publicado en el Chicago Tribune y reproducido después en el diario madrileño La Voz en octubre de 1936. Este relato sitúa en los tendidos de la plaza a terratenientes, sus esposas, afiliados a Falange y curas y monjas, aplaudiendo y jaleando mientras los prisioneros salían al ruedo con las manos en alto para ser ametrallados. Es la imagen que ha quedado fijada en la memoria popular del episodio.
Sin embargo, Jay Allen no estuvo en Badajoz. Escribió su crónica en Elvas, localidad portuguesa fronteriza, a partir de testimonios de refugiados que iban llegando, sin contraste directo sobre el terreno. Esa vía indirecta le llevó a incurrir en errores factuales verificables: sitúa el fusilamiento del alcalde Sinforiano Madroñero y del diputado socialista Nicolás de Pablo en Badajoz el 23 de agosto, cuando en realidad ambos fueron ejecutados en Almendralejo el día 20, tres días antes y en una localidad distinta.
El elemento del público asistiendo como espectáculo, aplaudiendo desde los tendidos, no aparece en ningún testimonio de quienes sí estuvieron presentes en Badajoz durante o inmediatamente después de la toma. Ni Neves ni Berthet, los dos corresponsales con presencia directa en la ciudad, describen esa escena. Se trata de un añadido narrativo sin respaldo testimonial directo que se ha repetido de forma acrítica en numerosos relatos posteriores del episodio, apoyado en una crónica escrita a varios kilómetros de distancia y con errores fácticos demostrables en otros puntos del mismo relato.
Esto no equivale a negar la represión ocurrida en la plaza de toros, que está sobradamente acreditada por fuentes presenciales fiables. Lo que no resiste el contraste con la documentación disponible es la escenografía festiva de público civil disfrutando del espectáculo, un elemento que pertenece más a la construcción narrativa posterior que a los hechos verificados sobre el terreno.
La caída de Badajoz tuvo además una consecuencia estratégica inmediata: unió los territorios controlados por los sublevados en el norte y el sur, y aisló a la región extremeña del resto del territorio bajo control republicano, consolidando el eje de avance h

